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22 de abril de 2026
¿Cómo así que llevarlos al colegio no es suficiente? El papel pedagógico de los padres en la formación moral de sus hijos. Un análisis crítico a partir de la educación de los hijos de Michel de Montaigne
Por: David Andrés González Villamil
Estudiante de la Maestría en Teoría Jurídica y Filosofía del Derecho (Universidad Externado de Colombia)
(Las opiniones expresadas en esta publicación son del autor. No pretenden reflejar las opiniones del Observatorio o de la Universidad Externado de Colombia)
En La educación de los hijos, Michel de Montaigne (1580) demarca claramente las aspiraciones de sus planteamientos pedagógicos, una serie de consejos dirigidos a Diana de Foix, condesa de Gurson, para criar a su hijo, por parte de un autoconsciente diletante[1] y derivadas de algunos autores clásicos[2]. Sin embargo, a pesar de esta modestia, Montaigne propone una serie de criterios pedagógicos radicales respecto de las características del tutor ideal y de la educación que se debe brindar a los menores. Aunque dichas ideas son en sí mismas dignas de un análisis, no son el objetivo de este escrito, como tampoco lo es la relación entre La educación de los hijos y obras de Plutarco, particularmente Moralia, de donde surgen buena parte de sus argumentos pedagógicos[3]. El análisis propuesto se concentra en el argumento de la necesidad de separar a los padres en la formación moral de los hijos, cuestionará sus postulados a la luz de estudios psicológicos contemporáneos y a partir de ello, evaluará el rol pedagógico de los padres frente a la formación del carácter de sus hijos.
Montaigne no dedica muchas líneas a la necesidad de apartar a los padres de la formación de los hijos, pese a que a partir de esa idea surge, en primer lugar, la necesidad del tutor, en segundo lugar, las características del tutor ideal y, en tercer lugar, el tipo de educación que este tutor debe brindar al niño. Aun así, Montaigne (1580, p. 231) sostiene que criar a los hijos «en el regazo de los padres» (i) los hace malcriados, ya que los padres no ejercerán los límites pertinentes ni los ejercicios rústicos y azarosos[4] que Montaigne encuentra necesarios para una buena educación, que es, fundamentalmente una educación moral[5] y (ii) estorba la autoridad que el tutor debe tener con su pupilo, la cual para Montaigne (1580, p. 232) «debe ser suprema».
Ahora bien, la influencia negativa que Montaigne achaca a la intervención de los padres en la educación moral de los hijos desconoce tres factores fundamentales que brinda la familia y que afectan dicha educación: la socialización primaria, la protección psicológica y emocional y la eficacia del buen ejemplo en la construcción del carácter de los hijos.
Frente al primer factor, el hogar y las dinámicas familiares establecen las bases para las futuras interacciones sociales y la asimilación del niño en la comunidad desde una temprana edad (Okello, 2023, p. 31).
Respecto del segundo factor, la unidad familiar, operando bajo el amor y el respeto, crea un entorno de seguridad esencial para el crecimiento del menor (Okello, 2023, p. 29). La presencia emocional de la madre, por ejemplo, es un modelo fundamental en la formación del carácter moral (Okello, 2023, p. 30).
El tercer factor, la eficacia del buen ejemplo, señala que, contrario al temor de Montaigne, los padres pueden ser «mecanismos de cambio» potentes (Coto et al., 2019). De acuerdo con Coto et al. (2019), los padres que demuestran hábitos saludables (como el consumo de frutas y verduras) tienen probabilidades significativamente mayores (hasta 10 veces más) de tener hijos que sigan esos mismos patrones positivos.
A ello se suma que la formación del carácter no es unidireccional, el tutor no puede tener una influencia con pretensiones totalizantes sobre su pupilo, más bien se trata de una relación triangular compleja entre el niño, sus padres y la sociedad (Okello, 2023, p. 28).
Todo lo anterior no obsta para reconocer que así como el buen ejemplo tiene un impacto positivo en la educación moral de los hijos, lo opuesto también es cierto: tener padres que expresan modelos de conducta nocivos incide en el carácter de los menores. Ilustrativamente, Burnstein & Ginsburg (2010) encontraron que tener padres que muestran conductas ansiosas y cuya perspectiva percibe el mundo como una fuente constante de amenazas, impacta directamente en el nivel de ansiedad de los hijos, sus tendencias evitativas y sus propias cogniciones negativas. Es en estas situaciones en que la preocupación de Montaigne es veraz.
De igual manera, la complejidad que implica la construcción del carácter no implica propender por la supremacía de la autoridad parental sobre el tutor (o el sistema educativo) o del aspecto social sobre la autoridad de los padres y del sistema educativo, lo cual negaría la interrelación de estas influencias que van formando al niño.
Pese a todo esto, el impacto de la familia en el desarrollo del menor hace que el apartamiento no sea la mejor solución a los eventuales riesgos que pueda tener un mal ejemplo parental, un mejor camino se encuentra en las prácticas parentales (Coto et al., 2019) y en fortalecer la asociación entre la escuela y la familia para fomentar una cultura de responsabilidad compartida (Okello, 2023, p. 31).
[1] «Por mi parte también veo, mejor que nadie, que esto no son más que desvaríos de alguien que, de las ciencias, sólo ha probado la primera corteza en su infancia y solo ha retenido una imagen general e informe: un poco de cada cosa y nada del todo, a la francesa. (…)» La educación de los hijos, p. 220
[2] «No he establecido trato con ningún libro sólido salvo Plutarco y Séneca, de donde saco agua como las Danaides llenando y derramando sin tregua» Ibid., pp. 220-221
[3] Particularmente la importancia de los tutores en la formación de los hijos y la cuestión ética como el centro de la formación.
[4] «Hay que avezarlo al esfuerzo y a la dureza de los ejercicios, si se quiere disponerlo al esfuerzo y a la dureza de la dislocación, del cólico, del cautiverio y también de la cárcel y de la tortura. Porque también puede estar expuesto a estas últimas, que en estos tiempos afectan tanto a los buenos como a los malos.» Ibid.., pp. 231-232
[5] «Opino como Plutarco que Aristóteles ocupó menos a su gran discípulo [Alejandro de Macedonia] en el arte de componer silogismos o en los buenos principios de la geometría que en instruirlo con buenos preceptos acerca del valor, la heroicidad, la magnanimidad y la templanza, y la confianza de no temer a nada; (…)» Ibid.., p. 245
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